04. Hong Kong

Hong Kong es una extensión de territorio chino que hasta 1996 perteneció al Reino Unido. Tras un siglo y medio (aproximadamente) de dominación británica, China recuperó el control de dicha zona, formada por una península y un buen puñado de islas e islitas. El gobierno chino ha denominado a todo el área “Hong Kong Special Administration Area” y le ha aplicado un régimen administrativo distinto al del resto del país, para que la asimilación a la nueva situación política no sea traumática. No hay que olvidar que Hong Kong puede considerarse uno de los centros financieros más importantes de todo Asia, confluencia de los mercados orientales y occidentales (y eso engloba un mercado de miles de millones de personas),... Tanto es así que la ciudad se ha creado el eslogan: “Hong Kong, Asia’s World Market”. Mejor no jugar con la gallina de los huevos de oro ¿verdad que sí?

Lo que conocemos por Hong Kong no es sólo una ciudad, bueno, sí que lo es. Más bien parece un conjunto de localidades que comparten el mismo nombre pero que se esparcen a lo largo y ancho de todo el territorio, puñado largo de islitas incluidas. El corazón de la metrópolis es Victoria Bay, rodeada de innumerables y gigantescos rascacielos tanto de Kowloon, al norte (que incluye Tsim Sha Tsui y Chungking Mansion -ver anterior entrada del blog-), y Hong Kong Island al sur.


Victoria Bay y la impresionante fachada norte de Hong Kong Island

Por otra parte, algo que sorprende es que, hasta en los lugares más alejados y aislados, se pueden encontrar los rascacielos de viviendas tan característicos de Hong Kong. Rascacielos con más de treinta plantas de minúsculas viviendas en lugares rodeados de vegetación y alejados del corazón de Hong Kong... a pesar de contar con muchísimo lugar donde construir. Una vez alguien me dijo que la gente de Hong Kong prefería vivir cerca de los centros comerciales, los servicios y los medios de transporte, y nada más llegar comprobé que allí donde hay una estación de tren, se apiñan los rascacielos con un montón de parques y bosques a su alrededor. Por ejemplo, la cara sur de la isla de Hong Kong está salpicada de núcleos de enormes rascacielos rodeados de lujosas villas residenciales, construido todo ello a orilla del mar o en puntos privilegiados en medio de las boscosas colinas de la isla. E incluso junto al aeropuerto, a 45 minutos en coche del centro, hay apiñados un buen puñado de estos grandes edificios... porque hay una estación de tren y líneas de autobuses.

Aberdeen, entre el mar y las montañas emerge este barrio al sur de Hong Kong Island

Repulse Bay, los rascacielos motean una isla paradisíaca

El famosísimo skyline de la ciudad sorprende no sólo por la altura y diseño de sus edificios sino también por estar al borde del mar, sobre unas islas montañosas cubiertas por densos bosque. Esa es una de las grandes y más atractivas peculiaridades de la ciudad: en Hong Kong uno no tiene la sensación de encontrarse en una jungla de asfalto, pues hasta en el mismísimo centro de la ciudad uno siente la naturaleza a no más de un kilómetro. Además, los parques de la ciudad son encantadores: grandes y con muchas y variadas instalaciones. En ellos hay desde fuentes, jardines y cenadores hasta pistas deportivas, prados de hierba y circuitos para hacer ejercicio. Y si no queda espacio para un gran parque, por doquier se encuentran pequeñas plazas con una cancha de baloncesto, un parque infantil o un pequeño jardín. Un improvisado partidillo en una media cancha de baloncesto rodeada de altísimos edificios es una singular estampa que uno difícilmente olvida.

Victoria Park, los rascacielos flanqueando al gran parque del centro de la ciudad

Hong Kong es una ciudad cosmopolita y multicultural, donde uno no se siente fuera de lugar pues aunque dominan los asiáticos se encuentra gente de todas las razas por todas partes. Y, a pesar de su enorme población, es una ciudad limpísima que ha conseguido incluso erradicar la costumbre china de escupir al suelo (a base de duras multas, por cierto). Todas las calles cuentan con locales comerciales y en ellas nunca faltan restaurantes, bares e incluso supermercados abiertos veinticuatro horas.

Las calles de Hong Kong siempre cuentan con una fuerte actividad comercial

Moverse por ella resulta bastante agradable, pues las aceras suelen ser amplias y están en buen estado y cuenta con uno de los mejores sistemas de transporte urbano del mundo. Una vía discurre por el sur de Victoria Bay, Hong Kong Island, de este a oeste, transitada por tranvías de dos pisos. Estos vehículos, auténticas joyas de anticuario excelentemente conservadas, están íntegramente decorados con siempre elegantes anuncios publicitarios. Su frecuencia de paso es excelente y en menos de medio minuto tienes un tranvía en la parada. Y encima su coste es casi ridículo: 10 céntimos de euro por trayecto, aproximadamente.

Tranvía de dos pisos de Hong Kong

El metro de Hong Kong, famoso donde los haya, ofrece también una muy buena frecuencia de paso. Y si es preciso hacer algún cambio de línea, los convoyes están perfectamente coordinados para que al hacer el pasajero el recorrido de trasbordo, se encuentre con el siguiente convoy esperando su llegada. De todos modos, a diferencia y para gloria de mi querida Barcelona, el metro de Hong Kong cierra sus puertas a las 0200 de la noche todos los días, eso sí. Y allí donde no llegan ni metro ni tranvía, Hong Kong dispone de los famosos autobuses de dos pisos británicos (modernos, no los clásicos londinenses) que tanto recorren el corazón urbano como conectan los distintos núcleos de rascacielos esparcidos por todas las islas. Claro que, estos grandes autobuses no son aptos para zonas de callejuelas ni para cortas distancias pues su consumo es elevado. A tal efecto, y tal como ya se hace en Barcelona desde hace algunos años, Hong Kong dispone de una flota de minibuses de aspecto muy simpático que uno se va encontrando hasta en las callejuelas más recónditas de la ciudad.

Minibús de Hong Kong

Y para rematar la jugada, los taxis son realmente baratos. Me fijé en que todos eran el mismo modelo de coche y en cuanto cogimos un taxi aproveché para hacerle algunas preguntas al conductor. Resulta que los taxis de Hong Kong funcionan con gas natural, que está subvencionado, y por eso el combustible les sale más barato. De ahí que todos los coches sean el mismo modelo de la casa Toyota, pues imagino que debe ser la única que fabrica motores de automóvil de tal tipo. Para que os hagáis una idea, una carrera de 10 minutos sale por unos dos euros y medio. Si tenemos en cuenta que, salvo la comida que es bastante más barata, los precios de Hong Kong quizás solo sean un diez por ciento más baratos que los de Barcelona, se puede decir que ir en taxi es algo realmente asequible. Aquí os dejo una foto de uno de esos taxis, cuya pintura es tan representativa de la ciudad como lo es la de los de Barcelona.

Taxi a gas de Hong Kong

Hong Kong es una ciudad que dispone de muchos lugares de interés turístico y por eso los casi cinco días enteros que pasamos en la zona se nos quedaron algo cortos. La misma noche de nuestra llegada, la ciudad nos brindó una cálida bienvenida mostrándonos su luminoso aspecto nocturno de urbe moderna y Nathan Road y sus alrededores, Chungking Mansion incluida, nos parecieron un lugar lleno de maravillosas diferencias por descubrir. Impulsados por el hambre nos perdimos por los aledaños de nuestro hostal en busca de un restaurante. Hong Kong está llena de ellos, siendo su mayoría locales de pequeño tamaño (no mucho más de una docena de mesas) con especialidades chinas mezcladas con algunos platos occidentales. Y la mayoría tienen unos muy aceptables precios: cada ágape nos salía por algo menos de 7 euros.

Lucía y yo en un pequeño restaurante en los aledaños de Chungking Mansion

Nuestro primer día en la ciudad empezó de forma algo desorientadora, no sabíamos ni por dónde empezar a mirar. Así que echamos a andar Nathan Road hacia el sur hasta el puerto (¿adivináis quién insistía en ir en esa dirección?). Una vez allí dimos un par de vueltas buscando dónde comer y, al volver al puerto, decidimos embarcar en una especie de Golondrinas llamadas “Star Ferry” que cumplen función de trasbordador entre islas pero que, como en Barcelona, también ofrecen un paseo turístico por toda Victoria Bay. El barco, de diseño algo antiguo, estaba en perfectas condiciones. Llamaba poderosamente la atención tanto su simetría proa-popa, como las Golondrinas barcelonesas navega tanto en un sentido como en el otro, como su marcado arrufo (esa curvatura que hace que su forma parezca aplatanada). Su interior, forrado y amueblado de madera, albergaba una pequeña barra de bar y varias mesas de juegos chinos, de cartas y simples. Y en proa y popa (recordemos la simetría) ofrecía unas magníficas cubiertas con sillas de plástico que no dudamos en ocupar para disfrutar del espléndido paisaje urbano.

Hong Kong Island con gemelo de nuestro barco en primea línea

En general, fuimos algo desorientados todo el primer día en la ciudad. Afortunadamente Lucía tiene familiares que viven en Hong Kong y quedamos con Julia, una prima lejana suya, para subir a Victoria Peak, la cima que domina Hong Kong Island. Fue para alucinar. Julia disfruta de una holgada posición económica y, cuando nos vino a recoger una mini furgoneta de lujo conducida por un chofer nos quedamos asombradísimos. Sólo con mencionar que las puertas de pasajeros de ambos lados se abrían automáticamente queda todo dicho...

Una furgoneta con chofer para llevarnos por Hong Kong

En la cima nos encontramos con Julia y una amiga suya. Para rematar la jugada, vimos llegar a ambas mujeres cada una con su coche: Julia en un pedazo de Lexus dorado y su amiga Amenda en un enorme Mercedes. La vuelta al hostal en esos coches fue como una película, no sólo por el lujo sino sobretodo porque en Hong Kong conduce todo el mundo a toda leche. Efecto que se maximiza cuando las calles son empinadas y estrechas. Pero antes de bajar de Victoria Peak volvimos a ser invitados a cenar, en esta ocasión en un restaurante del centro comercial situado en el pico de la montaña. Centro que, como característica notable junto a su ubicación, cuenta con un edificio en forma de yunque y desde el que disfrutamos de unas inmejorables vistas de la bahía de noche.

Julia, la prima de Lucía, Lucía, yo, Judit y Oriol en Victoria Peak

Algo que sorprendió tanto a Amenda como a Julia fue que nos alojáramos en Chungking Mansion. Nos dijeron que era un lugar en el que la policía no se atrevía a entrar, que era un nido de ladrones, una ratonera en caso de incendio (cosa que había sucedido hacía algunos años), que nuestro equipaje no estaba a salvo en sus hostales y otras cosas por el estilo. Estaban realmente asombradas y Julia, aprovechando que iba a reformar el interior de su piso y que se alojaba momentáneamente en otra casa, nos insistió en que nos mudáramos a su piso. Como entre nuestro equipaje figuraba el material informático de Lucía, pues acabamos aceptando. Imagino que también influiría el hecho de que Chungking Mansion parece ajustarse a la descripción que ambas mujeres nos dieron. Y no veáis qué cambio supuso ir a su casa. Situada en un alto piso de una enorme torre de viviendas del mismísimo corazón de la ciudad, contaba con una criada viviendo en su interior.

Exterior de la vivienda de Julia

Durante la cena de la noche anterior, en Victoria Peak, nos informaron que el parque de atracciones Ocean Park es un lugar de Hong Kong que hay que visitar y que se encuentra en la vertiente sur de Hong Kong Island. Así pues, la mañana siguiente el chofer nos volvió a llevar de viaje en la extrema comodidad de esa furgoneta. Y nosotros seguíamos flipando. Aquél día queríamos visitar la parte menos urbanizada de Hong Kong Island, es decir, su vertiente sur. Nuestro objetivo era pasar la mañana en Ocean Park y la tarde en Stanley y su, por lo visto, famoso mercadillo de artesanía.

Al sur de Hong Kong Island visitamos Ocean Park y Stanley

En Ocean Park pasamos la mañana entera, básicamente visitando sus instalaciones zoológicas. Vimos pandas, delfines, tiburones, peleas de focas e hice un poco el congrio (os recomiendo que le echéis un vistazo al vídeo que hay al final de esta entrada).

Un panda de Ocean Park

Las focas “WWF Pressing Catch” de Ocean Park

Yo casi haciendo el congrio. Lucía no, claro

Por la tarde marchamos un poco más al sur, al mercadillo de artesanía y de todo un poco de Stanley. En esta ocasión, el mercadillo consistía en un edificio de estrechos pasillos y abigarradas tiendas. Pero la mayor sorpresa no fue el mercadillo, sino la calita de Stanley. Disfrutamos del solaz y descanso de una pequeña playa de aguas cristalinas situada al final del mercadillo, en cuyo borde había unas pintorescas y diminutas casitas de pescador. Luego, nos perdimos por unos estrechos aunque agradables callejones en busca de algún restaurante. Echad un ojo a las fotos para comprobar lo agradable del ambiente de Stanley.

Lucía y Judit en la playa de Stanley Market

Agradables callejuelas de Stanley

Llegó la hora de partir y cogimos un autobús de dos pisos para volver al palpitante corazón de la ciudad. ¿Recordáis lo que os dije sobre cómo se conduce en Hong Kong? Pues los autobuses no son una excepción. Ir en el segundo piso de aquel autobús circulando muy deprisa por una sinuosa carretera que subía y bajaba junto a empinadísimas cuestas cubiertas de árboles nos mareó un poco a todos, pero fue espectacular (sobretodo la bajada hasta el centro de la ciudad).

Una vez allí cogimos el metro y nos fuimos a reunir con Livin, un chico de Hong Kong que hacía un par de años habíamos acompañado de visita por Barcelona. Él tuvo a bien devolvernos el favor y nos acompañó a varios de los lugares más simbólicos de la ciudad (tengo la sensación de estar siempre repitiendo los mismos adjetivos). La primera noche nos llevó a la parte norte de Nathan Road (Chungking Mansion quedaba en la parte sur de la calle) donde nos echamos las ineludibles fotos que todo el que pisa la ciudad debe hacerse.

Nathan Road nocturna. De izquierda a derecha: Oriol, Judit, yo y Lucía

Nathan Road nocturna. Livin, nuestro guía de la ciudad

Tras las fotos de rigor Livin nos descubrió Temple Street, un mercadillo con todas las de la ley en que uno puede encontrar de todo, desde ropa de imitación o tradicional china hasta electrónica barata (transistores y tal) y material sexual (era espectacular la paradita llena de consoladores y material sado regentada por una viejecita china toda arrugada). El lugar es un enorme tinglado que ocupa varias calles de la ciudad cada noche de 2000 a 0200. Especial mención a la sección dedicada a la futurología. Ya sea leyendo la mano, tirando las cartas o haciendo que un pajarito te elija un sobre, en ese medio centenar de paraditas uno puede pagar para que le digan qué esperar del Destino. Ahora, lo mejor son los restaurantes que hay en medio del mercadillo. Uno va andando entre paraditas cuando, de repente, se encuentra rodeado de mesas llenas de gente. A lado y lado de la calle, restaurantes abiertos muestran bandejas llenas de sus productos frescos, especialmente marisco, y sus fogones esparcen aromas y calor entre el personal.

Restaurante abierto de Temple Street. Los fogones en primer término

¡Todo fresco! Elija y en un periquete se lo cocinamos en sus narices

Y allí, Livin nos invitó a compartir una sabrosa cena. Madre mía, cómo comimos aquella noche...

... una tortilla de ostras rey,...

... arroz con salchicha dulce,...

... escamarlanes,...

... un plato de verdura china,...

... un bol de algo que no recuerdo pero que estaba riquísimo...

... y unas buenas cuantas botellas de Tsing Tao.

Cerveza casi universal en China que según la actual normativa se escribe “Qing Dao”. ¡Acabamos realmente contentos tras aquella cena!

Cena de marisco liquidada. ¡La alegría salta a la vista!

Livin nos llevó luego a ver la bahía de la ciudad. De camino a allí descubrimos algo que, como venía siendo habitual, nos dejó asombrados. En un restaurante de Nathan Road tenían unas peceras. Y en ellas había marisco y peces.

Restaurante de Nathan Road con peceras y súper pez

Se suponía que los edificios de la bahía debían estar todos iluminados pero debido a lo tardío de la hora en que llegamos la mayor parte de edificios ya tenían apagadas sus luces. A pesar de ello, la vista era espléndida y nos echamos las consabidas fotografías que, al ser de noche, quedaron en su mayoría bastante mal. A continuación fuimos a la zona de bares de moda de la ciudad. Situada en unas empinadas y cortas callejuelas de Hong Kong Island, Lan Kwai Fong está llena de bares de estilo occidental, mayormente británico. Desgraciadamente, los precios también son de ese estilo y no tomamos más que un par de cervezas... Heineken y Carlsberg. ¡Jajaja! Livin celebraba su cumpleaños y se fue a buscar a sus amigos. Obviamente nos invitó, pero con el desfase horario y el cansancio que llevábamos declinamos su invitación. Fuimos a tomarnos la pinta de Carlsberg (lo sé, lo sé, pero es que era lo poco que había más o menos de precio aceptable) y al rato echamos a andar de vuelta a casa de Julia.

Judit, Oriol, yo y Lucía en el exterior de un bar de Kwai Lan Fong

Durante el resto de nuestra estancia nos movimos básicamente por la zona de Victoria Bay. Las calles de Hong Kong Island tienen unas diminutas entradas cargadas de rótulos que invitan a visitar centros comerciales especializados. Si uno se atreve a subir sus gastadas escaleras se adentra en una especie de pequeños pasillos copados de aún más pequeñas tiendas, en nuestro caso visitamos uno especializado en informática, cosa nada extraña teniendo en cuenta que Oriol es un informático fan de su trabajo. Y, si bien los precios eran algo más baratos que en España, había algo que sí que valía la pena mirarse. Los ordenadores Mac eran quizás un quince por ciento más económicos. Y con los precios que tienen eso ya es un buen ahorro. Debo añadir que, resulta gracioso, tardamos unos cinco minutos en encontrar la salida entre tanto pasillito y minitienda. Y no sólo son estos minicentros comerciales los que ocupan las primeras plantas de los edificios. En general, asoman a todas las calles pequeñas porterías llenas de carteles anunciando los negocios que bullen en su interior: grandes, lujosos restaurantes u otros pequeños y “cutres”; consultas médicas; saunas con “algo más”; bufetes de abogados; zapaterías; tiendas de deportes; gimnasios;... todo lo que a uno se le pueda ocurrir, lo puede encontrar tras una de estas misteriosas porterías.

Entre otras cosas recorrimos las calles de Hong Kong en tranvía, tomamos un tradicional desayuno cantonés con Julia, su hija menor y sus padres, nos fijamos que...

... en Hong Kong también tienen Vespa, ...

... que saben hacer graffitis muy chulos y didácticos (lo cortés no quita lo valiente),...

... visitamos Victoria Park, el pulmón de la ciudad, y... Amenda, la amiga de Julia, organizó una barbacoa en su piso para el Día Nacional de China, que es el primero de octubre. La barbacoa tuvo lugar al atardecer en las áreas comunes del, cómo no, enorme rascacielos, también cómo no, en el centro centrísimo de Hong Kong. No creo que sea necesario decir qué coches había aparcados en el parking. Aún me río recordando una cena algo incómoda, pues allí había gente que hablaba muy distintos idiomas y que provenía de estratos sociales algo distintos. Bueno, a algunos nos resultaba “especial” que de hacer la carne y toda la faena se encargaran las tres criadas filipinas de las tres familias locales con las que cenamos. Fue una pena que no lográramos establecer una buena conversación, pues ni el chino de Lucía se parece al que ellos (perdón, ellas: no había ni un solo hombre salvo Oriol y yo) hablaban y el inglés tampoco era ni nuestro ni su fuerte. Cuando llegó la hora de los fuegos artificiales, subimos al lujosísimo piso de la familia de Amenda y observamos el espectáculo desde tan privilegiada ubicación. Disfrutar de los fuegos no disfrutamos mucho, pues nos quedaban algo lejos y medio ocultos tras otros rascacielos, pero pardiez si no era una gozada contemplar la ciudad desde aquella altura. Mirad, mirad...

Vista desde el piso de Amenda

Y con eso, llegamos al final de nuestra estancia en Hong Kong. La ciudad dejó en mi un muy agradable recuerdo y la sensación de haber visitado una de las mejores ciudades del mundo. Le puede quedar un regustillo amargo a uno al contemplar rascacielos recién construidos, impecablemente diseñados y muy bien acabados junto a viejos bloques de viviendas con aparatos de aire condicionado, tuberías y cables colgando de su fachada, sucia y muy deteriorada por la humedad. Pero, como es lógico, es imposible que un edificio de hace más de veinte años esté en las mismas condiciones que uno moderno. Y, de todos modos, dicho contraste le da encanto y carácter a las calles de la ciudad.

Muy a pesar de Chungking Mansion, en Hong Kong uno no se siente ni extraño ni amenazado. En todas partes me sentí seguro, y el hecho de que todo esté tan limpio creo que tiene bastante que ver. Y, en cuanto a seguridad, tienen tan asumido que hay que hacer las cosas para que nadie salga herido que en los pasos de peatones hay una flecha pintada junto a la acera que te dice hacia qué lado debes mirar antes de cruzar, pues en Hong Kong el sentido de la circulación es inverso al del de casi todo el mundo, incluida la China continental. Cosas de la herencia británica. En Hong Kong, nos han asegurado sus residentes, trabaja todo el mundo muchísimo. El impresionante parque automovilístico, desde coches y furgonetas a motos de gran cilindrada, así como la gran cantidad de hoteles, restaurantes y bares de lujo que hay a lo largo de todas sus principales calles, deja intuir que se mueven montones de dinero,. Ciertamente Hong Kong es un lugar cosmopolita, abierto al mundo y en el que debe ser agradable vivir si a uno no le molesta ni un clima bastante caluroso y húmedo ni una arquitectura en lucha hacia el cielo. Por lo que a mí respecta, no me importaría ser residente en esa ciudad.

Y, tras el habitual tostón de texto, dejo a modo de resumen un par de vídeos de nuestra buenísima experiencia en la magnífica ciudad de Hong Kong, “Asia’s World Market”.




Viaje en trasbordador por Victoria Bay, centro de la ciudad (42 MB)



Lo que vivimos en Hong Kong (52 MB)


03. Chungking Mansions

Unos días antes de partir de Barcelona reservamos nuestro alojamiento a través de una central de reservas de hoteles on-line: booking.com. Se trata de una página de internet bien elaborada en la que puedes hacer tu reserva sin pagar nada por anticipado. Como es lógico, te piden un número de tarjeta de crédito como garantía, pero todo el pago se hace directamente en el hotel y luego ellos ya se encargan de cobrar su comisión.

Después de navegar diferentes días por esta y otras páginas, comprobamos que los precios medios que se pagaban por habitación doble en Hong Kong en esas fechas eran entre 30 y 40 €. También comprobamos que esos precios, los más bajos, sólo se daban en “hoteles” cuya dirección, la de todos, era “36-44 Nathan Road, Chung King Mansion” añadiendo a continuación información de este estilo: “C5, Floor 16, Block C”. Obviamente, es en esta segunda parte de la dirección donde se diferenciaban los distintos establecimientos. Por seguridad, en primer lugar comprobamos que al pinchar (el uso de esta palabra se lo debo al profesor don Laureano Carbonell Relat, quién es un monstruo de la autodidáctica informática y quién se ha ganado mi más sincero respeto; debo añadir que me encantan las interpretaciones que mi querido amigo Rubén hace de él, ¡bip!)... este... que al pinchar en el enlace que muestra el mapa de situación de cada hotel, todos aparecían en el mismo lugar: un edificio de la zona conocida como Kowloon, justo enfrente de la isla propiamente conocida como Hong Kong. Sin tener ni idea de cómo era Hong Kong, me pareció que ese sitio estaba magníficamente situado. A continuación os dejo un mapa general del Área de Administración Especial de Hong Kong (Hong Kong SAR en inglés), nombre completo de la región entera de lo que antaño fuera territorio británico. Nótese que he señalado tanto el aeropuerto como las áreas de Kowloon, dónde se encuentra el “hotel” que reservamos, y Hong Kong Island, verdadero centro de todo el entramado metropolitano.

Hong Kong SAR – Aeropuerto, Kowloon y Hong Kong Island.


Chunking Mansions, en el corazón de Kowloon.

Como podéis ver el aeropuerto se haya al este de la zona. Y para llegar desde él al centro de la ciudad se tardan tres cuartos de hora por carretera o en tren. El trayecto es impactante pues se circula por una gran autopista que serpentea a lo largo de islas montañosas, atraviesa largos puentes que las interconectan, siempre acompañados por innumerables barcos en su derrota desde y hacia los distintos muelles de la bahía. Como curiosidad quiero comentar que hasta no hace mucho Hong Kong tenía uno de los más peligrosos aeropuertos del mundo, pues el antiguo aeródromo se encontraba en medio de la ciudad, rodeado de rascacielos, con lo que las maniobras de aproximación, aterrizaje y despegue eran harto peligrosas. Eso sí, aterrizar entre esas grandes torres de viviendas era toda una experiencia para el pasaje.

Prosigamos con nuestra reserva hotelera. Después de comprobar que se trataba de distintos hoteles ubicados más o menos en el mismo lugar, procedimos en segundo lugar a revisar los comentarios de otros usuarios de la página que ya habían pernoctado en tales hoteles. La verdad es que nos llevamos una buena sorpresa y ahora os cuento por qué. Booking.com ofrece un sistema para puntuar la satisfacción obtenida en el hotel que reservaste en diferentes aspectos: instalaciones, limpieza, servicio, etc. Y justo a continuación te permite describir brevemente qué cosas positivas y qué cosas negativas encontraste. Así pues, revisando los comentarios de otros viajeros, encontramos que mucha gente coincidía en varios aspectos de todos estos hoteles. Para muestra, unos botones extraídos directamente de la web:

Cosas positivas:
  • El personal que en él trabaja.
  • El personal es súper amistoso, muy servicial, honestos...
  • “Clean, safe” (limpio, seguro).
  • “Air conditioner, good location” (aire condicionado, bien situado).
Cosas negativas (y aquí vienen las perlas, claro):
  • El edificio en el que está emplazado.
  • “The entrance of Chunking Mansions, where the hotel is based” (la entrada de Chungking Mansions, donde se encuentra el hotel).
  • “ChungKing Mansion area does not look very safe...full of touts. Its very crowded and some how the area does not give a good feel” (la zona de Chungking Mansions no parece muy segura… llena de pregoneros –tipos que te invitan a ir a su negocio-. Está masificada y de alguna manera el área no transmite buenas vibraciones).
  • “The entrance of the whole building is a bit weird because you feel like you are on a market in India or Africa and not in Hong Kong. But you get used to it” (la entrada del edificio es un poco rara porqué te sientes como si estuvieras en un mercado en India o África y no en Hong Kong. Pero uno se acostumbra a ello).
  • “The queue of the lift. Very small rooms, but comfortable, a lot of non chinese people (turkish, arab, muslims, etc)” (la cola del ascensor. Habitaciones muy pequeñas, pero confortables, mucha gente no china -turcos, árabes, musulmanes, etc-).
Bueno, estos son algunos representativos comentarios de lo que encontramos en la página web antes de reservar nada. Todos ellos aplicables a los distintos “hoteles” de Chungking Mansions, fuera lo que fuera lo que se escondía tras ese nombre que me sonaba de algo. Y, a grandes rasgos, deducí varias cosas. De los comentarios positivos, que el personal era excelente y las habitaciones limpias. De los comentarios negativos, que más que hoteles eran casas de huéspedes todas ellas situadas en el mismo edificio (y yo venga pensar que ese nombre lo tenía más que oído); que la entrada al edificio era muy peculiar, llena de gente de todas partes (¿qué se puede esperar en una metrópolis tan internacional como Hong Kong, por otra parte?); y, por la insistencia de tal comentario, ¡que los ascensores eran lentísimos! La verdad es que el tema del ascensor me parecía una buena exageración. ¿Y a quién no? Por otra parte el propio hotel, en su ficha de la web, informaba que en la entrada del edificio había gente haciéndose pasar por empleados suyos instándonos a acompañarnos hasta el hotel y a quién no debíamos hacer caso. Todo esto quizás escamaba un poco, pero mi espíritu aventurero me decía que quizás era una buena oportunidad de experimentar cómo se hacían las cosas apenas hace medio siglo.

Compartiendo todos estos pensamientos con los compañeros de viaje, les convencí de dejarnos llevar por mi intuición y reservar las habitaciones en una de esas casas de huéspedes. Lógicamente, que valieran la mitad y menos que el resto de ofertas y que estuviera en lo que parecía el centro de la urbe supongo que también tuvo su relevancia. En total reservamos dos habitaciones dobles por 340 dólares de Hong Kong (HKD de ahora en adelante) por noche cada una. El cambio aproximado EUR - HKD es de 1 a 10 aproximadamente, así que nos salía cada habitación por 34 € la noche. No estaba mal del todo, ¿no? Decidido: reservamos habitación en “Hollywood Guest House”, en Chungking Mansions.

Y con la impresión de la reserva en la mano llegamos la noche del 28 de septiembre a Chungking Mansions. Como se dijo en la anterior entrada de este blog, nos acompañaba la familia de Yaling al completo: madre, hija, abuela y abuelo, con su correspondiente equipaje. Así que éramos un pelotón al completo los que bajamos del autobús esa noche, formando una pintoresca estampa con todos nuestros bártulos en mitad de la bulliciosa Nathan Road de Kowloon. Y ese fue el instante en que empezó la verdadera aventura en Hong Kong.

Amigo, cuán ciertos eran todos los comentarios de la web. Nada más pisar la acera, empezaron a asaltarnos esos pregoneros, todos ellos indo-pakistaníes invitándonos a sus restaurantes, sastrerías, tiendas de electrónica y hoteles. Afortunadamente Hong Kong está lleno de occidentales, así que tampoco se hicieron demasiado pesados. Andados apenas unos pasos desde la parada del autobús, llegamos a la entrada de Chungking Mansions. Nos recibía el lugar mostrándonos cómo suelen estar las cosas en Asia: abarrotadas. Vomitando gente de todos los lugares y colores, así como un fuerte olor a fritanga, el acceso al edificio era una gran portalada en cuya parte superior lucía un cartel de letras doradas anunciando el nombre del recinto. Flanqueando el portal, grandes tiendas de electrónica: imagen, video, audio, informática… tiendas llenas de material de última tecnología. Pero allí me llevé el primer desencanto: los precios (tras el obligado regateo) no diferían demasiado de los de Europa. Pero este es un tema del que se hablará más adelante, así que sigamos con Chungking Mansions. Al ser de noche y estar bastante cansados, en ese momento no nos fijamos en el tamaño del edificio, pero supusimos que debía estar acorde con el resto de mastodónticas edificaciones de Kowloon, más aún cuando sabíamos que una de las casas de huéspedes de Chungking Mansions estaba en el piso 16.

La puerta de Chungking Mansions.

Tras la portalada se escondía una abarrotada galería comercial de pequeños establecimientos en su mayoría propiedad de indios y pakistaníes que hacían gala y oferta de sus tradiciones: tenderetes de comida de donde procedía el olor a fritanga, puestos de bisutería barata, de telefonía móvil, supermercados familiares y, ante todo, tiendas de cambio de moneda. Además de lo exótico de dichos comercios, serpenteaba entre ellos un verdadero río multicultural lleno de vida y color, donde lo curioso era que de lo que menos había era asiáticos. La sensación imperante era la de ir penetrando en un zoco digno de Indiana Jones, con sus gritos en diferentes lenguas, los pregoneros tratando de cazar clientes, y bastante gente sin ningún reparo en mirarte más allá de lo que en Europa tenemos por decoroso. Tan variado paisaje humano quizás tuviera algo que ver con que las habitaciones más baratas de todo Hong Kong estaban en este singular edificio. Y sí, el comentario sobre las no precisamente buenas vibraciones del lugar era muy acertado.

Vista exterior de Chungking Mansions.

En esos abarrotados pasillos de tiendas se encontraban los ascensores de acceso a las plantas superiores. Chungking Mansions se compone de varias torres conectadas por la galería de la planta baja, de la que parten todos los ascensores. Cada torre o edificio cuenta con más de 16 plantas y dos ascensores: uno para las plantas pares y otro para las impares. En estos ascensores, con aire condicionado y una cámara de televisión, caben ocho personas algo apretadas. Así que si sumamos el número de plantas, el número de casas de huéspedes y el número de éstos últimos… De nuevo sí, el comentario sobre la lentitud de los ascensores era también acertadísimo. ¿Y por qué la cámara de televisión en el ascensor? Pues porqué para evitar altercados, averías y otros incidentes por abuso de las instalaciones, Chungking Mansions cuenta con un cuerpo de porteros que procuran que no se abuse de la capacidad del ascensor, que se respeten las colas, que no haya muchos hurtos, etc. ¡Un trabajo harto difícil en un lugar como ese, os lo aseguro! Y sobre la puerta de la planta baja de cada ascensor hay una pantalla en la que se ve el interior de la cabina del mismo.

Y allí estábamos nosotros: los ocho, carrito de bebé y equipajes incluidos, compartiendo cola con tropecientas personas más, sin saber exactamente si estábamos en el lugar adecuado, sin quitar el ojo a nuestro equipaje y perplejos ante el espectáculo que continuamente regalan los sitios así. Esperando en la cola nos preguntábamos si habíamos ido a parar a un buen lugar. ¿Serían finalmente ciertos los comentarios respecto la bondad del personal y las instalaciones de las hospederías?

¡Pues qué carajo! Aún en la cola del ascensor, mi primera impresión no pudo ser mejor. Ya me esperaba algo así y llegué queriendo disfrutar de todo lo diferente que fuera capaz de ofrecerme el lugar, algo que un romántico como yo busca en sus viajes. Y salí servido con creces.

La primera sorpresa algo desagradable, dejando aparte la insistencia de algunos pregoneros, sucedió cuando la mitad del grupo aún esperaba coger el ascensor. Es gracioso, los padres de Yaling, como buenos anfitriones, deseaban atendernos en todo momento, así que ni cortos ni perezosos subieron al ascensor para ver las habitaciones. Los dos. Perdón, los cuatro: los abuelos, la madre y la bebé. Y todo el equipaje, y el carrito. Y va y resulta que en esa casa no les quedaba sitio, pero que en una del edificio de al lado, también dentro de Chungking Mansions, nos tenían guardadas habitaciones. La cosa había ido así: en primer lugar sube Lucía con la reserva en la mano acompañada de Yaling, su madre y el bebé. Luego sube hasta la pertinente planta el abuelo, el resto esperábamos turno abajo. Pero el ascensor tardaba lo suyo en bajar, y en la pantalla veíamos como Lucía y compañía entraban de nuevo en la cabina y volvían abajo. Acto seguido, claro está, nos informaban del cambio de alojamiento. Por aquel entonces yo aún me fiaba de los comentarios positivos respecto el personal de tales establecimientos, pero un poco menos.

Y por fin entré yo también en el ascensor. Imaginaos su estado, con un (ab)uso tan continuo de él. A todas horas, con tanta gente. Y, al salir de la cabina, comprobamos que los pisos sufrían de lo mismo. El rellano, de un verde pistacho feúcho, mostraba claros signos de que la pintura necesitaba un buen repaso. Había algunas pintadas con lápiz o bolígrafo aquí y allá y la escalera, escondida tras una puerta antiincendios, era un lugar sin apenas luz y aún más desgastado… ¡y eso que estábamos en la planta catorce! Por otra parte, se trataba de un rellano muy espacioso, de veras, con unos cuantos recovecos en cuyo final había varias puertas. Puertas que correspondían todas a distintas casas de huéspedes, salvo una que contenía un cartel que indicaba que no se trataba de un albergue y que, por tanto, pedía que no molestaran.

Y no veáis que panorama al llegar allí. En las distintas casas del rellano se alojaban un montón de negros, que hablaban divertidos entre ellos con el jolgorio habitual del que está de viaje. Vestían ropa cómoda, algunos iban en pijama o ropa interior; y tenían la costumbre de mirarte hasta que resultaba molesto. Pero uno entiende que no todas las culturas comparten estándares de comportamiento. Además, en el pequeño recibidor de una de esas casas de huéspedes estaban cocinando algo, cosa que añadía más encanto a esta especie de albergues en el que Obi Wan y Luke Skywalker bien podrían haber conocido a Han Solo. Y para rematar la jugada, en el rellano se amontonaban sacos de obra llenos de runa y material de construcción. Cuando uno está de viaje, no es nada agradable sospechar que es posible no poder descansar debido al gran ruido que conlleva toda obra.

Junto a una de las puertas, abierta de par en par, colgado en la pared había un papel escrito con rotulador con el nombre de nuestro alojamiento: “Four Season Hostel”. En el pequeño recibidor había un ordenador con un teléfono encima, una máquina de agua potable caliente y una mini nevera. Y en medio del pasillo había un enorme negro arrodillado sobre una alfombra, ataviado con ropas étnicas, tocado con ese peculiar sombrerito musulmán y orando supongo que hacia la Meca. En apenas medio minuto, con el tiempo justo para no dudar demasiado sobre si nos habíamos equivocado, apareció un joven de aspecto filipino o malayo que hablaba un buen inglés. Nos informó que era un trabajador de la casa y nos mostró nuestras habitaciones. Y se volvió a demostrar lo acertado de los comentarios de la web: el personal era amable, comprensivo y dispuesto a ayudar. Las habitaciones eran pequeñas pero limpias, y cada una tenía su televisión y su aparato de aire condicionado. ¡Ah! Y las reformas ya habían acabado así que no había que temer por ruidos a primera hora de la mañana.

En cuanto a las habitaciones en sí, el espacio era realmente reducido, tanto que no había ni armarios. En su lugar, las camas tenían la altura de una mesa, así que se podía dejar las maletas debajo de ellas y usarlas de armario. Y el baño, bueno, era de esos en que no hay plato de ducha porque todo el habitáculo es la ducha. Sí, uno se duchaba al lado de la taza del wáter, de hecho casi encima de ella. Y la pica para el aseo, pues mediría un palmo de ancho por dos de largo. Vamos, que al enjuagarte la boca como que incluso se hacía necesario apuntar un poco.

Aseo de las habitaciones de Four Season Hostel.

Pero realmente todo estaba impecablemente limpio y además en esta casa tienen la amabilidad de dejarte algunas piezas de fruta, junto con algunas botellas de agua mineral, en la habitación el día de tu llegada; el chico también nos comentó que había más fruta en la nevera y que podíamos usar la máquina del agua para té. También tuvimos la suerte de que nos asignaran dos habitaciones dobles que daban directamente a Nathan Road, así que las vistas eran muy buenas.

A pesar de esto, la sensación de no buenas vibraciones de Chungking Mansions persistía en mis compañeros de viaje; y personalmente opinaba que el edificio entero era una ratonera mortal en caso de incendio. El destino quiso que varios conocidos de Hong Kong nos informaran unos días después de que es famoso precisamente por eso: tiempo ha hubo algunos incendios en el lugar y perecieron varias personas; y es un sitio conocido por ser un nido de maleantes en el que la policía no se atreve a entrar. Tan mala es su imagen que una prima de Lucía, natural de Hong Kong, se horrorizó al enterarse que nos alojábamos allí. Ella y una amiga suya, de oficio abogada, nos contaron la de casos que se dan en tal edificio y la falta total de seguridad en la zona. Además, en la guía Trotamundos de China, definían a Chungking Mansions como “la Torre Infernal”. Finalmente, y tras mucho insistir, nos convencieron, algo a mi pesar, de dejar nuestro hostal y alojarnos en su casa. Así acabó nuestra pequeña aventura en Hong Kong, pues la segunda y siguientes noches dormimos en el precioso y excelentemente situado piso de Julia, la prima de Lucía.

Pero, ¡ah, amigos! ¿De qué me sonaba a mí el nombre de Chungking Mansions? Uno de los días que pasamos en Hong Kong nos acompañó Livin, un amigo de un amigo de Lucía al que atendimos hace unos años cuando visitó Barcelona junto a dos chicas y un chico amigos suyos (sé que alguno de los que leéis este blog recordaréis algo al respecto). Y estuve hablando con él sobre ese nombre que no dejaba de rondar mi memoria. En un principio creía que era uno de esos lugares en los que sucedió algo y que luego pasó a la historia como denominador del suceso: los juicios de Nurenberg, el Pacto de Varsovia, el Tratado de Kyoto, etc. Pero Livin, sin saber bien por qué, acertó a decir: “Chungking Express”. Y en ese momento caímos ambos. Ése es el título de una película del director Wong Kar-Wai que transcurre en parte en el ahora, para mi, mítico edificio.

“Chungking Express”, película de Wong Kar-Wai.

Os dejo aquí una sinopsis de la película que he encontrado en internet. La verdad es que no pinta demasiado mal, si te gusta el estilo del director. Yo he visto alguna de sus películas y son de ritmo lento y, en mi opinión, algo pretenciosas. Pero creo que no tardaré demasiado en ver esta, aunque sólo sea por reconocer los sitios que una vez pisé.
Chungking Express (1994), título inglés del cuarto largometraje de Kar-wai, pensado, rodado, montado y estrenado en tres meses mientras se resolvían los complicados problemas de post–producción de Ashes of Time, designa en su título un espacio inexistente en la diégesis, compuesto por la primera y la segunda palabra, respectivamente, de los nombres de dos locaciones esenciales en el film: por un lado las Chunking Mansions, una extraña mixtura de shopping, galerías, pensión pero también hotel que se confunden en el mismo lugar atravesados por algo que semeja un laberinto y, por el otro, el Midnight Express, un local de comida ligera y café al paso. Esta localización fantasma puede leerse como un eco de las parejas que no pueden concretarse y que son como fantasmas que rondan las historias de los dos episodios sucesivos que constituyen el film: el primero con atmósferas que remiten, de nuevo, al film noir, el segundo próximo a la comedia romántica, en los que dos policías solitarios que son el revés de los que proponen las ficciones del cine industrial de Hong Kong, hombres simples que acaban de ser abandonados por sus parejas, aguantan como pueden su soledad. Antes y después del arquetípico ‘boy meets girl’ aparecen más preocupados por sus cuestiones sentimentales que por el ejercicio de su profesión.

Bueno, y si ese señor hizo una película sobre el lugar porque le impactó (por lo visto se crió por ahí cerca), yo no podía ser menos. Aquí os dejo el resumen audiovisual de esta entrada. Entrada que en un principio creía que iba a ser breve y ya veis en lo que se ha convertido. En fin, si sabéis de alguien tan perezoso que no gusta de leer los largos textos que aquí expongo, podéis dirigirle directamente a este vídeo pues es un buen resumen de casi todo lo dicho hasta ahora. Sin más preámbulos, ¡que empiece la sesión!


"The Chungking experience", by J. Gastón (55 MB)